10/52 Hasta Dios descansó un día

1/52 El músculo de la magia

Son las 6:15. No es nada novedoso, desde hace años a esta hora estoy por estos lares. Sentada delante del ordenador.

Lo que es novedoso es que hoy me diera cuenta. Hace 180 días que lo hago de forma consistente. Y aunque antes me sentaba aquí y escribía, desde hace todos esos días hago otra cosa.

Desde hace 180 días, que son los días exactos que volví de Japón, mi rutina es milimétrica.

Me despierto a las 4:50. Y durante 10 minutos me voy desperezando y activando. A las 5:00, me caliento el té y me preparo el AG1. A las 5:05 me siento a meditar. Y a las 5:17 estoy sentada delante de mi mesa con mis lecturas y libretas preparadas. Y así de lunes a domingo.

A las 6:55 mi mañana milagrosa ha terminado y me dedico a activar el día. Ducha, desayuno, etc…

Los fines de semana son iguales, solo que a las 6:55 me vuelvo a la cama a leer nuevamente, la mayoría de las veces.

Esta rutina no es obligada, no es impuesta. Es por puro regocijo y disfrute. Es algo que llevo años sosteniendo y que cada vez me agarro más a ella porque me sienta divinamente y porque por la noche, cuando me estoy acostando (tempranísimo, por supuesto) ya me pongo contenta en pensar en este momento. Es mi recreo. Por eso no me cuesta, por eso me levanto de buen ánimo, y por eso no me la salto ni los fines de semana.

Este fin de semana, para después de desayunar tenía una lista enorme de cosas que quería hacer. Nadie me obligaba, era por gusto: plantar semillas, trastear con flores preservadas, hacer batchcooking y probar unas recetas nuevas… El sábado, después de mi mañana milagrosa y de leer un rato, de forma improvisada cerramos una quedada mañanera con mis compañeras de agujas. A las 10:00 estaban en mi casa con sus bolsos y muchas ganas de café. Estuvimos hablando hasta cerca de la 1 del mediodía. Y mi lista ya se fue un poco a la chingada, como dicen por el otro lado del charco.

La primera tentación fue de acomodar todo lo que quería hacer en el tiempo que me quedaba. Y ahí fue cuando al verlo todo apretujado me dije ¿qué necesidad?

Y sí ¿qué necesidad?

Las dos horas de charla con mis amigas me recompusieron por dentro, y me dieron alegría y energía para el resto del día y probablemente de la semana.

Y ahí es cuando me doy cuenta de que lo que más necesitaba este fin de semana era esta reunión y descansar. No hacer nada que no me apeteciera, y no llegar a nada que no fuera de vida o muerte.

Total que me he pasado el fin de semana tejiendo, leyendo y viendo Lioness. Otra vez Taylor. Sí.

Y ha sido un fin de semana de recarga de pila absoluta. No he sido consciente de lo descansada que estaba y de la falta que me hacía este descanso, hasta esta mañana, que al llegar a la mesa he pensado: ¿qué tengo que hacer hoy? ¿por dónde quedó el trabajo el jueves?

No me he acordado de nada relacionado con el trabajo desde el viernes por la mañana. Si no miro el cuadrante y la libreta, es que no tengo ni idea de qué estaba haciendo la semana pasada. Ese es el nivel de desconexión que he tenido el fin de semana.

Después de todo lo que he trabajado conmigo, de todo el desarrollo personal y de la terapia, el tema descanso sigue siendo espinoso y tiene muchísimas aristas. Me doy cuenta de que me cuesta entender que necesito descansar, y que aunque me guste mucho lo que hago y lo disfrute tantísimo, también tengo que darme aire.

Y todo esto estoy segura de que me pasa, porque tengo profundamente anclada la creencia de que descansar es no hacer nada, y quien hace nada es una vaga. Y así se resume toda la turra que nos dieron en EGB y todo lo que vino de antes de mí. Aquello de que mientras te comes el bocadillo puedes ir barriendo las cuadras.

Descansar para mí, es ponerme en predisposición de recargar la batería, de dejarme tranquila, y de dejar que mi cuerpo me pida qué necesita. En mi caso, descansar es estar en casa, arrebujada en mi sofá, con los libros y las agujas alrededor, y sin pensar en nada más que no tenga un rango de tiempo de la próxima hora.

Lo bueno es que me he escuchado, y lo menos bueno es que me lo tengo que imponer, porque de forma natural, se me olvida. Mi nueva frase ahora es: hasta Dios descansó un día, ¿para cuándo el tuyo?

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