2/52 Una amiga invisible
1/52 El músculo de la magia
Me he levantado hoy con una tristeza sutil. De esas que (aparentemente) no hacen ruido, que no tienen un origen claro ni un motivo concreto al que poder señalar con el dedo. No es cansancio. No es que esté pasando nada grave. No hay ninguna tragedia ni ningún susto. Y, sin embargo, está ahí. Una tristeza leve pero persistente, como una niebla fina que no llega a empapar, pero tampoco deja ver del todo.
He aprendido con los años a no discutirle demasiado a estas emociones. A no exigirles explicaciones inmediatas. A dejar que se sienten conmigo un rato. Así que me he hecho un café y he empezado a escucharla.
Y, al hacerlo, ha empezado a tomar forma.
Tiene que ver, creo, con la idea de rutina. Con la perspectiva de tener que ir a un trabajo cada día a la misma hora. Con esa sensación, tan conocida y tan incómoda para mí, de no ser dueña de mi tiempo al cien por cien. De saber que hay franjas del día que ya no me pertenecen, que están comprometidas de antemano, pase lo que pase dentro de mí.
Ahora mismo estoy en los inicios de un libro nuevo. Y quien escribe sabe que ese momento es especialmente delicado. Es una fase frágil y luminosa a la vez. Todo está por hacer y, precisamente por eso, todo importa. Solo quiero estar sentada desarrollando personajes, pensando estructuras, documentándome, dejando que la historia empiece a respirar. Quiero estar ahí, en ese territorio todavía blando donde las ideas se están formando.
Y, sin embargo, esta mañana estoy haciendo cálculos eléctricos. Investigando por qué una línea deriva y provoca que se apague la iluminación de una zona que conviene mantener encendida. Es un trabajo que sé hacer. Que puedo hacer bien. Que incluso tiene su lógica y su orden. Pero no es ahí donde está ahora mi necesidad.
Cuando me doy cuenta de esto, entiendo que parte de mi tristeza viene de esa fricción. De tener que hacer lo que tengo que hacer cuando mi impulso creativo está reclamando otra cosa. Y al mirarlo con un poco más de honestidad, aparece ella: mi parte adolescente. Esa que no piensa tanto en lo que conviene, sino en lo que apetece. Esa que se rebela cuando siente que la están encajonando.
A esa parte es a la que hoy le tengo que hablar despacio. Explicarle cosas. Justificarle decisiones.
Por ejemplo, por qué rechacé un trabajo el viernes, de ocho a tres, haciendo algo que sé hacer. Una oferta que suponía tranquilidad. Seguridad. De esas que vienen envueltas en frases como “esto te da estabilidad” o “una vez que metes la patita aquí, ya estás en la lista”.
Esa lista.
La lista que a muchas personas les da paz. A mí, en cambio, me provoca una tristeza más honda que la de hoy. Una tristeza con apatía. Con sensación de apagamiento. Sé que, si entro en una dinámica de puesto fijo de ocho a tres, el músculo de la ilusión y del asombro se me empieza a agarrotar. Se me queda rígido, como un miembro que deja de usarse.
A mi parte adolescente también tengo que explicarle algo más incómodo todavía: que ese puesto de trabajo era exactamente el que quería cuando tenía dieciocho años. El que la llevó a elegir ingeniería industrial cuando le tocó matricularse en la universidad. El sueño de entonces. La meta clara.
Y, sin embargo, hoy sé que es también el tipo de trabajo que podría ir apagándonos lentamente. O quizá no tan lentamente. Que lo que para la mayoría es tranquilidad, para nosotras acaba siendo hastío. No porque esté mal. Sino porque no es nuestro lugar ahora.
Aceptar esto no me hace sentir eufórica. Me hace sentir responsable. De mí. De mi tiempo. De esa tristeza sutil que aparece cuando me alejo de lo que, en el fondo, sé que necesito para estar viva por dentro.
Hoy no se trata de resolver nada. Solo de escuchar, de nombrar, de no traicionarme. Mañana, seguramente, la tristeza habrá cambiado de forma. O se habrá ido. Pero hoy, al menos, ya sé de dónde viene. Y eso, aunque no lo parezca, es una forma de alivio.

No te preocupes, no lo estés pensando, si sabes que no te iba a llenar, para qué darle vueltas?
Ya te vendrán otras cosas que sí tendrán tú atención y te gustarán, por ahora no te va tan mal, creo yo, 🙏ÁNIMO 😘