4/52 La vida sin fade out
1/52 El músculo de la magia
La semana pasada hice algo muy poco literario: actualicé el sistema operativo del teléfono y del ordenador. Nada especial. De esas cosas que se hacen casi sin pensar.
Después de revisar lo nuevo, porque siempre parece que hay mucho nuevo, pero los años me han enseñado que aunque las actualizaciones vienen con un montón de casillas de “acepto” al final los mayores cambios son por dentro, y una como usuaria rasa, nota pocas diferencias.
Los principales cambios esta vez venían de un salvapantallas nuevo, y una sensación de que todo estaba transparente. No es que me encanten los cambios, pero una tiene que subirse al carro y no quedarse atrás, porque si no, cuando te vienes a dar cuenta, sigues funcionando con internet explorer, a la velocidad que va esta vaina.
Un par de días después, mientras trabajaba, puse música. Y algo no encajaba. De repente empecé a creer que me estaba absorbiendo por completo el trabajo, y que estaba tan concentrada que no estaba percibiendo la música como era. Hasta que me di cuenta de que no era yo. En otro momento voy a tener que abordar la cuestión de sentirme siempre responsable de lo que pasa.
Las canciones empezaban una tras otra sin transición, sin fade out, sin ese pequeño silencio entre una y otra que —de mis años transitando estudios de música y grabaciones de temas— sé que es fundamental en las listas de canciones.
No había cierre. No había descanso. No había espacio.
La música se convertía en una continuidad de sonidos y letras que no me daba tiempo a integrar. Cuando una canción todavía estaba resonando, ya había empezado la siguiente. Y me incomodó. Mucho. Me puse a trastear en el programa reproductor de música y ahí lo encontré: transición continua. Así le llamaba el reproductor a una nueva modalidad de escuchar música, una que desde luego a mí me horroriza. Quité el check de todos mis dispositivos y me di al reposo.
Entendí algo que no tenía nada que ver con la tecnología. Y al mismo tiempo por qué me es tan familiar el invierno que es el campo propicio para este tiempo de silencio entre una estación y otra. Silencio y reposo. Cuidado y transición.
En la vida necesito fade out. Necesito saber que las cosas empiezan y que las cosas terminan. Aunque sea de forma suave, casi imperceptible. Necesito finales reconocibles para poder decir: esto fue así.
Y necesito silencio entre medias. Silencio para asentar lo vivido. Para valorar lo que acaba de pasar. Para no ir siempre empujada hacia lo siguiente.
Cuando todo es una continuación de cosas, cuando no hay pausas ni cierres, siento que me salgo de la película. Estoy, pero no del todo. Hago, pero no habito. El tiempo pasa y yo voy con él, pero sin estar realmente presente.
Vivimos en una época sin silencios intermedios. Saltamos de una tarea a otra, de una emoción a otra, de una etapa a otra, sin permitir que nada termine del todo. Mucho ruido. Mucha actividad. Poco espacio para integrar.
Y luego nos preguntamos por qué estamos cansadas. Por qué sentimos que el tiempo se nos escapa. Por qué tenemos la sensación de haber vivido mucho… pero haber estado poco.
Quizá no necesitamos hacer más. Quizá necesitamos terminar mejor.
Cerrar capítulos con cuidado. Bajar el volumen. Dejar espacios en blanco entre una cosa y la siguiente.
Porque es en ese silencio —igual que entre canción y canción— donde lo vivido se ordena. Donde el tiempo deja de ser una corriente que arrastra y vuelve a ser algo que podemos habitar.
Desde entonces, cuando noto que todo va demasiado seguido, demasiado lleno, demasiado rápido, me pregunto si no será que me falta justo eso: un pequeño fade out. Un silencio breve. Un final consciente antes del siguiente comienzo.
Casi siempre, la respuesta es sí.
