5/52 A falta de tres cruces
1/52 El músculo de la magia
Desde 2018 —o quizá incluso desde antes, porque el tiempo en los cajones es un concepto difuso— tenía un patrón de punto de cruz a medias. A medias es una forma generosa de decirlo, porque en realidad estaba casi terminado. Tan casi que, cuando lo retomé este fin de semana, descubrí que le faltaban poco más de tres cruces. Tres. No tres filas, no tres tardes, no tres decisiones vitales. Tres cruces.
Me hizo reír. Y también pensar.
Empiezo casi todos los proyectos de manualidades igual: con entusiasmo desbordado, ilusión nueva, la sensación de estar inaugurando algo. El principio es territorio fértil: todo promete, nada pesa. Los colores están limpios, la tela tensa, el patrón intacto. Pero luego llega la mitad. Ese lugar ingrato donde ya no hay novedad y todavía no hay cierre. Y ahí es donde muchas veces me desinflo.
No es falta de amor por la labor. Es otra cosa.
En la mitad aparece el aburrimiento, sí, pero también algo más incómodo: la exigencia de sostener. Sostener el gesto repetido, la lentitud, la ausencia de estímulo. Ya no hay descubrimiento, hay constancia. Y la constancia no tiene buena prensa en una cabeza acostumbrada a empezar cosas, no siempre a terminarlas.
Creo que nos aburrimos a mitad de los trabajos porque la mitad nos enfrenta a una verdad poco glamurosa: terminar no depende de la inspiración, sino del compromiso. Y el compromiso, cuando no hay urgencia externa ni aplauso inmediato, se vuelve un acto íntimo y silencioso. Nadie te ve seguir bordando cuando ya no es emocionante. Nadie te premia por no abandonar. Es un diálogo interno bastante desnudo.
Durante años he tenido cajones con más de un proyecto a medias. UFOs, que les llaman en el mundo de las manualidades: unfinished objects. Objetos inacabados, pero también decisiones aplazadas, energías suspendidas, pequeñas historias que no llegaron a su punto final. No me flagelo por ello. Cada uno fue empezado desde un lugar auténtico. Pero este año me he propuesto algo distinto: ir sacándolos poco a poco. Sin estrés. Sin convertirlo en una lista de tareas culpabilizadora. Pero con absoluta determinación y compromiso.
Determinación suave, si eso existe. La que no grita, pero no se escaquea.
Eso mismo me pasaba con este patrón. Lo cogí muchas veces, lo volví a dejar otras tantas. Siempre con la sensación de “algún día”. Hasta que este fin de semana, quizá empujada por esa energía de cierre tan propia de la luna llena, lo retomé. Y entonces vino la sorpresa: tres cruces. Solo tres. Las hice casi con ternura, como quien pide perdón por haber tardado tanto.
Hoy ya tengo en la agenda buscarle un marco propicio. Porque terminar algo también implica darle lugar. No vale acabar y volver a esconder. Hay que colgarlo, mirarlo, reconocer el cierre.
Y con esa misma energía —esa sensación de caja que se cierra bien— cogí también el patrón del cuervo que aparece en el Manual de Verano. Y algo curioso pasó: avanzó rápido, con una fluidez distinta. Ya tiene forma de caja, de objeto casi terminado. Como si la energía de Sonia me hubiera invadido por completo. He replicado exactamente la escena del libro, y mientras bordaba sentía que no solo estaba haciendo punto de cruz, sino habitando una escena conocida, acompañada.
Tal vez de eso va todo esto. De aprender a atravesar la mitad. De no huir cuando el proyecto deja de seducir y empieza a pedir presencia. De entender que el aburrimiento no siempre es una señal de que algo no nos interesa, sino de que hemos llegado al punto donde toca sostener.
A falta de tres cruces, a veces, está todo lo importante.
