6/52 Una se cree…

1/52 El músculo de la magia

… que las mató el tiempo y la ausencia…

Serrat contaba estas verdades que no llegan de golpe, de manera magistral.

No irrumpen como una revelación luminosa ni como una escena dramática que lo explica todo. Llegan despacio. Se instalan.

… como un ladrón, te acechan detrás de la puerta.

En esos días en los que el tiempo parece aflojar el paso y una se queda un poco más a solas consigo misma. En silencios largos. En ausencias que no hacen ruido, pero que pellizcan por dentro con una precisión quirúrgica. No duele de manera escandalosa, pero duele hondo.

… te tienen tan a su merced, como hojas muertas.

Aceptar que algunas personas a las que llamaste amigas no lo eran realmente es uno de esos duelos pequeños y persistentes que no siempre sabemos nombrar. No sucede de golpe, ni por un gran conflicto, ni por una traición evidente. Ojalá fuera tan sencillo. Suele ocurrir de una forma mucho más sutil: porque no están. No cuando celebran, no cuando atraviesan momentos difíciles, y tampoco —o quizá sobre todo— cuando tú compartes algo importante de tu vida.

Les cuentas una buena noticia. Algo que llevaba tiempo en tu lista. Algo que te ha costado esfuerzo, constancia, renuncias. Algo que para ti es un hito. Y lo notas enseguida: el entusiasmo no vuelve. Rebota. Se enfría. Se queda raro, desdibujado, casi incómodo. No hay preguntas, no hay curiosidad genuina, no hay alegría compartida. Hay una respuesta correcta, educada, pero vacía. Y el cuerpo lo entiende antes que la cabeza.

Y cuando te crees que el tiempo ha hecho su trabajo y tu empiezas a aceptar y meter en tu nueva rutina esta ausencia, un domingo por la tarde al abrir una caja de hilos y telas, aparece el recuerdo, y con ella la mordida que deja la ausencia.

… que el viento arrastra allá o aquí, que te sonríen tristes…

Mi amiga Dácil siempre dice una frase que, cuanto más pasa el tiempo, más sentido cobra: hay personas que te quieren bien, pero no te quieren mejor que ellas.
Y ahí está la grieta. Ahí empieza a crujir algo.

No siempre hablamos de envidia declarada. No es ese sentimiento caricaturesco, verde y explícito, que una detecta sin dudas. Muchas veces es algo más difuso: comparación constante, inseguridad, miedo a quedarse atrás, incapacidad para alegrarse sin medirse. Personas que te aprecian dentro de un cierto equilibrio tácito, pero que se descolocan cuando ese equilibrio se rompe.

Cuando tú avanzas.

Cuando tú floreces.

Cuando tú ocupas un lugar nuevo.

Y entonces ocurre algo profundamente doloroso: empiezas a sentirte sola incluso acompañada. Porque la amistad verdadera no se mide solo en cafés, mensajes o risas compartidas, sino en la capacidad de sostener al otro en todas sus versiones. También en la versión que crece. Que logra. Que brilla un poco más.

Aceptar esto no te convierte en alguien amarga ni desconfiada. Te convierte en alguien consciente. Y la conciencia, aunque al principio incomode, termina siendo un acto de amor propio.

He hablado de esto muchas veces. Lo he pensado, escrito, rumiado. Lo tengo entendido desde un lugar bastante sereno. Y aun así, hay domingos en los que la ausencia vuelve a tocarme el hombro. Suave, pero persistente. Como diciendo: “esto también forma parte del camino”.

Porque soltar no siempre significa que deje de doler. Significa que eliges no forzarte a permanecer donde ya no hay reciprocidad. Significa aceptar que algunas personas estuvieron para una etapa concreta, y que eso no invalida lo vivido, pero tampoco obliga a alargarlo artificialmente.

La autenticidad en las amistades se reconoce en los detalles pequeños: en quién te nombra cuando no estás, en quién celebra sin compararse, en quién se queda sin pedir explicaciones. Y también en quién desaparece cuando ya no encajas en su relato.

Elegirte, a veces, implica perder. Perder vínculos, expectativas, versiones antiguas de ti misma. Pero también implica ganar espacio. Silencio. Verdad.

Y aunque haya domingos en los que la ausencia siga pellizcando por dentro, cada vez tengo más claro que ese pellizco es, en realidad, una brújula. Una que señala hacia los lugares —y las personas— donde sí hay alegría genuina, cuidado mutuo y una amistad que no teme verte mejor.

Aunque a veces llegue, inevitablemente, en domingo.

… nos hacen que lloremos, cuando nadie nos ve.

 

6 comentarios en “6/52 …una se cree”

  1. Si supieras cómo te entiendo…ese pellizco lo he sentido más de una vez, y realmente no creo que sea envidia, no sabría definirlo, pero pienso que hay personas que se quieren tanto y mal que no tienen amor para nadie más.
    Quieren que las cuides, pero no cuidarte…no sé…creo que sobre este tema, tengo para escribir un manual.
    TQM colegui

    1. Cuando las personas se quieren mal, no tienen amor, ni para ellas ni para el resto… es una pena. Una vez creí que podríamos cambiarlo, que se les podría enseñar el disfrute que es querer y quererse bien, pero sinceramente, ya perdí la esperanza. Nadie aprende si no quiere, por muy buenos maestros que tengan.
      Menos mal que a nosotras no nos tuvieron ni que enseñar, porque tenemos amor para mucho 😉
      Yo también te quiero mucho y te extraño otro tanto… no sabes lo que me gustaría repetir una tarde de telas e hilos con el sonido de las máquinas de coser de fondo.

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