8/52 Addicted to fix

1/52 El músculo de la magia

Estoy viendo Mayor of Kingstown en esta obsesión un poco intensa que me ha entrado por devorar todo lo que lleva la firma de Taylor Sheridan. La serie tiene poco que ver con otras historias suyas, pero si afinas la mirada, ahí está el sello: hombres tensos, sistemas rotos, lealtades incómodas y una sensación constante de que el mundo es una maquinaria oxidada que alguien tiene que mantener en marcha.

Ya en la cuarta temporada, me he dado cuenta de algo. El protagonista, Mike McLusky, repite una frase como un mantra, cuatro o cinco veces por capítulo: I’m fixing it. I’m handling it. Yo lo arreglo. Yo me encargo.

Y cada vez que lo dice, en lugar de sentir alivio, siento compasión.

Porque tener que arreglarlo todo, todo el tiempo, es agotador.

No he podido evitar hacer un pequeño viaje en el tiempo y reconocer una versión antigua de mí en esa frase. Salvando las distancias —ni esto es Kingstown ni yo soy Mayor de nada— hay algo que sí compartíamos: la sensación de que mi valor dependía de cuántas cosas podía solucionar.

Había una época en la que yo también decía, sin decirlo en voz alta: yo me encargo. Si había un conflicto, lo mediaba. Si había un problema práctico, lo resolvía. Si alguien estaba incómodo, intentaba suavizarlo. Si algo no funcionaba, buscaba la manera de hacerlo funcionar.

Y al principio, esa capacidad es celebrada. Te conviertes en “la resolutiva”, “la que puede con todo”, “la que siempre encuentra la manera”. Es un lugar seductor. Porque te da identidad. Te da reconocimiento. Te da una sensación de control en medio del caos.

Pero como casi todas las adicciones, empieza siendo útil y termina siendo una trampa.

Sin darte cuenta, subes la escala de dificultad. Ya no arreglas pequeñas cosas. Empiezas a intentar solucionar problemas estructurales. Dinámicas imposibles. Expectativas irreales. Heridas que no te pertenecen. Sistemas que están mal diseñados desde el origen.

Y cuando —inevitablemente— no puedes arreglar lo que es imposible de arreglar, el juicio cae sobre ti. Si no lo soluciono, es que no soy suficientemente capaz. Si no encuentro la salida, es que no valgo tanto como pensaba. Si esto sigue roto, es culpa mía.

Es un pasito muy pequeño entre “yo lo arreglo todo” y “si no lo arreglo, no merezco nada”.

Lo más perverso es que no solo tú te colocas en esa posición. Llega un momento en que los demás también esperan que lo hagas. La bola de responsabilidad crece en silencio, de manera exponencial. Y tú, que llevas años entrenando ese músculo, sigues cargando.

Hasta que te aplasta.

Porque es imposible sostener esa manera de moverse por el mundo. Imposible y profundamente injusta contigo misma.

Recuerdo el momento en que empecé a entenderlo. No fue una epifanía luminosa. Fue más bien un cansancio hondo. Una sensación de estar siempre de guardia. Siempre pendiente. Siempre con el radar activado para detectar qué debía arreglar ahora.

Ahí empezó el aprendizaje más importante: aceptar que mi valor no depende de lo que soluciono. Y que, además, solucionar no es mi cometido vital.

No vine a este mundo a reparar cada grieta.

Vine a vivir.

Pararme y volver a lo pequeño fue mi manera de desintoxicarme. Hacer un potaje de lentejas. Problema resuelto: hoy comemos. Hasta ahí llego, y eso es suficiente. Conseguir personal para un cliente cuando está dentro de mi zona de acción: lo intento. Cuando está fuera de mi alcance real, lo suelto. No todo tiene que pasar por mi cabeza ni por mis manos.

Descubrí que muchas veces confundía responsabilidad con omnipotencia. Y que había algo casi soberbio en pensar que todo dependía de mí. El mundo no se sostiene sobre mis hombros. Ni sobre los tuyos.

Hay una diferencia enorme entre ser responsable y ser indispensable.

La primera es sana. La segunda es una fantasía peligrosa.

Ha pasado tiempo hasta que he podido decirlo con serenidad: yo no vengo a solucionar nada. No vengo a arreglar rotos ajenos como misión existencial. No vengo a sostener sistemas que no funcionan.

Vengo a vivir la vida que tengo.

A disfrutarla.

A cuidar lo que sí está en mi radio de acción: mi casa, mi trabajo, mis afectos, mi cuerpo, mi descanso. Y a aceptar, con humildad, que hay cosas que no me corresponden.

Mike McLusky seguirá diciendo I’m fixing it en cada capítulo. Es su papel en la ficción.

El mío, en cambio, ahora es otro.

No soy Mayor de nada.

Y qué descanso tan enorme.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio