9/52 Una primavera para florecer
1/52 El músculo de la magia
Ya estamos a las puertas de la primavera. Seguro que todavía nos queda algo de invierno, pero en mi cabeza ya está en modo cuenta atrás para el 21 de marzo. Y con la llegada del equinoccio volver a hablar de mi libro: Manual de Primavera. Yo siempre quiero hablar de mis libros, como el Sr. Umbral.
Este fin de semana, pensando en ello, y dando la bienvenida a este nuevo mes del año, me puse a pensar en semillas y en cómo hablamos todo el rato de las semillas que plantamos, literal y metafóricamente.
Hace unos años que me declaré jardinera, y mi panel de visión está lleno de jardines y de flores. Me fascinan las flores y las plantas, y hacerlas y verlas crecer es algo a lo que quiero dedicarle más tiempo del que lo hago ahora.
No me canso de ver cómo poniendo un poco de atención y cuidado, una semilla germina. Cualquier semilla. Y es un experimento que hago con muchísima frecuencia, en realidad lo hago cada vez que siento que me falta un poco de fe o magia.
Tengo como costumbre coger cualquier semilla y plantarla cuando me siento así. En mi casa hay plantas, de muchos tipos. También hay jardineras en un balcón en el que tengo plantados bulbos, que han germinado más bien rápido, pero que tengo asumido que no me darán flores. No se los voy a tener en cuenta, porque plantarlos y verlos brotar ya ha sido un premio.
Te hablaba de las semillas que planto, casi siempre lo hago de manera expectante con los alimentos que como. Quiero decir que si me como una mandarina o una naranja, y tiene pipas, las guardo y en cualquier momento las pongo en una maceta. Lo hago con los dátiles, las naranjas, las manzanas, calabaza… Y por eso, es frecuente ver en mis macetas plantas de varios tipos. No todo germina, pero sí una gran cantidad de esas semillas. Este momento de germinar y brotar me devuelve la fe.
La semilla tiene en su interior toda la intención de brotar, no tiene otro trabajo. Solo he de procurarle nutrientes y humedad, de lo demás se encarga ella. Y este fin de semana me he puesto a pensar en que nosotras no nos diferenciamos mucho de eso.
Tenemos todo lo necesario para brotar, solo debemos estar en entornos adecuados. Durante años nos obsesionamos con “mejorarnos”: más formación, más disciplina, más productividad, más cursos, más listas. Como si el secreto estuviera en convertirnos en una semilla premium, versión 3.0. Y, sin embargo, muchas veces el problema no está en la semilla. Está en el suelo en el que estamos plantadas.
O en algo todavía más sutil.
Puedes estar en un entorno objetivamente adecuado —una buena casa, un trabajo digno, personas que te quieren, oportunidades alrededor— y aun así no florecer. Porque florecer no depende solo de lo que te rodea. Depende de si estás captando la energía disponible.
La luz puede estar entrando por la ventana, pero si tú mantienes las cortinas echadas, la planta no hace la fotosíntesis.
Las oportunidades casi siempre están ahí. No siempre son espectaculares ni llevan fuegos artificiales, pero están. En forma de conversación, de idea que vuelve una y otra vez, de invitación pequeña, de intuición persistente. El asunto es: ¿estamos despiertas para verlas?
Este fin de semana estuve en el mejor entorno, y yo, personalmente estoy plenamente convencida de que aproveché cada uno de los recursos que me brindó este entorno, sin embargo, no puedo dejar de ver la resistencia que tienen algunas “semillas” para dejar que el entorno las haga florecer. Es como si estuvieran plantadas en la mejor tierra pero aún estuvieran envueltas en un plástico que les impide aprovechar todos estos nutrientes. Y este plástico no es sino falta de presencia y probablemente también miedo. Miedo a ser las únicas responsables de lo que esas semillas vayan a dar. Es más fácil entregarle el poder a otro: la falta de humedad, la falta de riego, la falta de… whatever.
Florecer exige presencia. Exige ojos abiertos. Exige una cierta valentía para reconocer qué flores quieren salir de ti. Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿tienes claro qué quieres que florezca en tu vida?
Si no lo sabes, cualquier tierra te parecerá insuficiente. Cualquier estación será inadecuada. Cualquier resultado sabrá a poco.
Tener una buena base es fundamental: valores sólidos, hábitos que te sostengan, un mínimo orden emocional y material. Esa es la tierra fértil. Pero la decisión final es tuya.
Siempre lo es.
Decidir exponerte a la luz.
Decidir nutrirte.
Decidir dejar de compararte con el jardín de al lado.
Decidirte a exponer qué necesitas exactamente para germinar, y eso conlleva una gran dosis de valentía. Valentía para pedir.
A veces creemos que necesitamos un cambio radical de vida para florecer. Mudarnos, reinventarnos, empezar desde cero. Y no siempre es así. A veces basta con ajustar el ángulo hacia la luz. Con elegir mejor qué conversaciones escuchas. Con reducir el ruido. Con cuidar tu energía como el recurso más valioso que tienes.
La energía para florecer se decide.
Decides no quedarte dormida ante tu propia vida. Decides observar qué te nutre y qué te drena. Decides apostar por las flores que son tuyas, no por las que están de moda esta temporada. La semilla puede ser extraordinaria. El entorno puede ser razonablemente bueno. Pero el acto definitivo —ese pequeño gesto interior de abrirte a la luz— es responsabilidad tuya.
Y cuando lo haces, cuando de verdad lo haces, no hay primavera que se te resista.
