3/52 Aprender a conmoverse

1/52 El músculo de la magia

Cuando la vida empiece a escocer —porque lo hará, no nos engañemos—, que el cuerpo sepa dónde ir a buscar consuelo. Que la mirada recuerde un lugar. Que el pecho se abra un poco solo con pensar en él.

El otro día, al salir de casa, pasamos por la costa. Es casi inevitable viviendo donde vivimos, en una isla: el mar se cruza en tu camino lo esperes o no, recordándote que está ahí, que no se ha ido a ninguna parte, que sigue haciendo su trabajo aunque tú andes ocupada con los tuyos.

Al pasar por el muelle —un lugar raíz para mí en la infancia y ahora centro de trabajo en la edad madura— pensé, no sin una sonrisa silenciosa, que ese mismo escenario se está volviendo cotidiano para mi heredera. Lo que para mí fue memoria y luego oficio, para ella empieza a ser paisaje emocional. Y eso, con el tiempo, importa más de lo que creemos.

El día previo a la tormenta Francis —tengo que empezar a nombrar a los temporales, porque llevamos una rachita de lluvia diaria… también podría decirle invierno y ya— ya se notaba el inicio del temporal. La marea estaba llena, tensa, cumpliendo su cometido con una fuerza que daba la sensación de querer salirse de la contención de los diques y espigones. Como si el puerto y sus muros de hormigón ya no pudieran contenerla. El mar estaba en ese punto en el que no ruge del todo, pero avisa. En el que todavía no da miedo, pero impone respeto.

Yo miraba de reojo, intentando no despistarme del tráfico, cuando mi hija dijo, con una naturalidad desarmante:

—Cómo me gusta el mar. No puedo vivir sin mar.

Y ahí, en ese preciso instante, en mi cabeza sonó música de triunfo. Una fanfarria íntima y discreta, pero gloriosa. Y una medalla invisible e imaginaria me cayó del cielo y se me posó en el pecho.

No era orgullo en el sentido ruidoso de la palabra. Era algo más hondo. La certeza de haberle transmitido —sin discursos, sin lecciones formales, sin subrayados— un poder esencial: el de aprender a conmoverse y consolarse con la naturaleza.

Lo nombra con una precisión preciosa el libro Encantamiento de Katherine May: aprender a acudir a la naturaleza no como escenario, sino como refugio. No como postal, sino como abrazo.

Saber que puede ir al mar cuando la cabeza se le llene de ruido. Que puede caminar por la tierra seca y volcánica de la isla que habitamos cuando necesite recordar quién es. Que puede buscar campo o montaña —si algún día está lejos de aquí— para apoyarse, para respirar mejor, para dejar que algo más grande que ella le ordene por dentro lo que se le haya descolocado.

Eso es un legado. Y no uno cualquiera.

Vivimos en un mundo que enseña a anestesiar el malestar, a taparlo rápido, a seguir produciendo aunque algo por dentro esté pidiendo auxilio. Por eso me parece casi revolucionario que una persona joven sepa decir “no puedo vivir sin mar”. No como dependencia, sino como reconocimiento. Como quien sabe dónde está su fuente.

Consolarse con la naturaleza no significa huir de los problemas. Significa recordar que no somos el centro de todo. Que hay ritmos más antiguos que los nuestros. Que las mareas suben y bajan. Que el viento limpia. Que la tierra sostiene. Que incluso lo áspero tiene su belleza y su función.

Si algún día la vida empieza a escocerle —porque escocerá—, sabrá que puede ponerse frente al mar y no pedirle nada. Solo estar. Dejar que el cuerpo se calme. Dejar que el pensamiento afloje. Dejar que la emoción encuentre un cauce que no haga daño.

Ese día, aunque yo no esté cerca, estaré tranquila.

Porque habrá aprendido algo fundamental: que el consuelo no siempre viene en forma de palabras. A veces llega salado, ventoso y silencioso. Y sabe exactamente lo que tiene que hacer.

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2/52 Una amiga invisible

1/52 El músculo de la magia

Me he levantado hoy con una tristeza sutil. De esas que (aparentemente) no hacen ruido, que no tienen un origen claro ni un motivo concreto al que poder señalar con el dedo. No es cansancio. No es que esté pasando nada grave. No hay ninguna tragedia ni ningún susto. Y, sin embargo, está ahí. Una tristeza leve pero persistente, como una niebla fina que no llega a empapar, pero tampoco deja ver del todo.

He aprendido con los años a no discutirle demasiado a estas emociones. A no exigirles explicaciones inmediatas. A dejar que se sienten conmigo un rato. Así que me he hecho un café y he empezado a escucharla.

Y, al hacerlo, ha empezado a tomar forma.

Tiene que ver, creo, con la idea de rutina. Con la perspectiva de tener que ir a un trabajo cada día a la misma hora. Con esa sensación, tan conocida y tan incómoda para mí, de no ser dueña de mi tiempo al cien por cien. De saber que hay franjas del día que ya no me pertenecen, que están comprometidas de antemano, pase lo que pase dentro de mí.

Ahora mismo estoy en los inicios de un libro nuevo. Y quien escribe sabe que ese momento es especialmente delicado. Es una fase frágil y luminosa a la vez. Todo está por hacer y, precisamente por eso, todo importa. Solo quiero estar sentada desarrollando personajes, pensando estructuras, documentándome, dejando que la historia empiece a respirar. Quiero estar ahí, en ese territorio todavía blando donde las ideas se están formando.

Y, sin embargo, esta mañana estoy haciendo cálculos eléctricos. Investigando por qué una línea deriva y provoca que se apague la iluminación de una zona que conviene mantener encendida. Es un trabajo que sé hacer. Que puedo hacer bien. Que incluso tiene su lógica y su orden. Pero no es ahí donde está ahora mi necesidad.

Cuando me doy cuenta de esto, entiendo que parte de mi tristeza viene de esa fricción. De tener que hacer lo que tengo que hacer cuando mi impulso creativo está reclamando otra cosa. Y al mirarlo con un poco más de honestidad, aparece ella: mi parte adolescente. Esa que no piensa tanto en lo que conviene, sino en lo que apetece. Esa que se rebela cuando siente que la están encajonando.

A esa parte es a la que hoy le tengo que hablar despacio. Explicarle cosas. Justificarle decisiones.

Por ejemplo, por qué rechacé un trabajo el viernes, de ocho a tres, haciendo algo que sé hacer. Una oferta que suponía tranquilidad. Seguridad. De esas que vienen envueltas en frases como “esto te da estabilidad” o “una vez que metes la patita aquí, ya estás en la lista”.

Esa lista.

La lista que a muchas personas les da paz. A mí, en cambio, me provoca una tristeza más honda que la de hoy. Una tristeza con apatía. Con sensación de apagamiento. Sé que, si entro en una dinámica de puesto fijo de ocho a tres, el músculo de la ilusión y del asombro se me empieza a agarrotar. Se me queda rígido, como un miembro que deja de usarse.

A mi parte adolescente también tengo que explicarle algo más incómodo todavía: que ese puesto de trabajo era exactamente el que quería cuando tenía dieciocho años. El que la llevó a elegir ingeniería industrial cuando le tocó matricularse en la universidad. El sueño de entonces. La meta clara.

Y, sin embargo, hoy sé que es también el tipo de trabajo que podría ir apagándonos lentamente. O quizá no tan lentamente. Que lo que para la mayoría es tranquilidad, para nosotras acaba siendo hastío. No porque esté mal. Sino porque no es nuestro lugar ahora.

Aceptar esto no me hace sentir eufórica. Me hace sentir responsable. De mí. De mi tiempo. De esa tristeza sutil que aparece cuando me alejo de lo que, en el fondo, sé que necesito para estar viva por dentro.

Hoy no se trata de resolver nada. Solo de escuchar, de nombrar, de no traicionarme. Mañana, seguramente, la tristeza habrá cambiado de forma. O se habrá ido. Pero hoy, al menos, ya sé de dónde viene. Y eso, aunque no lo parezca, es una forma de alivio.

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1/52 El músculo de la magia

1/52 El músculo de la magia

Hoy te escribo desde mi blog, el de siempre, el que abrí en 2004. Bienvenida.

Y hoy es Día de Reyes y eso es sinónimo de magia, y da igual la edad que tengas.
Y aunque durante años este está completamente asociado a rituales, al roscón y a mucha tradición. La operación roscón se inició con éxito el día 2 porque el día 3 estuve yo toda ocupada en el mercadillo Al Palique, con las flores. Así que adelanté trabajo.

Este año hice un ritual que se va a convertir en tradición: el de los 12 deseos del solsticio de invierno. Doce papeles escritos a mano, con calma. Doce intenciones formuladas con respeto, no desde la carencia sino desde la escucha.

La liturgia es sencilla —y por eso poderosa—:

  • Cuatro deseos van a la olla, para ser quemados. Son los que no me corresponden controlar. Los entrego.
  • Cuatro deseos van a una maceta, para ser cuidados. Son procesos lentos, vivos, que necesitan tiempo.
  • Cuatro deseos van a un bote, cerrado, guardado, esperando su momento.

Y todo esto se hace a ciegas. Procurando que los papeles estén doblados lo más parecidos posibles para que no te hagas trampa.

Escribí mis deseos y me enfoqué en dos temas principalmente: salud y trabajo. Proyectos y aspiraciones. Y cuando llevaba 11, por compensar, escribí un deseo “social”.

El día 1 de enero abrí el bote y saqué un solo papel. Ya sabes cuál salió, ¿verdad?

Ese deseo es el que va a marcar mis próximos tres meses. No como una exigencia, sino como un faro. No hago listas infinitas: hago foco. Y luego sostengo.

Y podría recalcular y dejarlo olvidado. Pero no, yo me comprometí con el ritual desde el principio, y siempre que hago cualquiera de estas “magias”, me digo: me rindo al mensaje. Y acato lo que quiera que salga. Porque si no, ¿sería una magia un poco de pacotilla? Crédula sí, tramposa, no.

Este ritual formó parte del reto 3C que trabajamos en diciembre —claridad, conciencia y comienzo—, y está íntimamente ligado al curso Planificar con conocimiento, que sigue activo para quien sienta que necesita menos ruido y más dirección serena.

(La información está disponible, sin urgencias ni fuegos artificiales, para cuando resuene.)

En paralelo, hay otra capa de magia que me acompaña cada mañana.
Estoy leyendo Encantamiento, de Katherine May, como parte de mi mañana milagrosa. Leo despacio, con una taza caliente cerca y la sensación clara de que ese rato no es negociable.

La autora se hace una pregunta que me acompaña desde hace días:

¿Cómo vamos más allá del crudo conocimiento de nuestra época desencantada para volver a acceder a la magia que antes encontrábamos en todas partes?

No tengo una respuesta cerrada, pero sí una certeza:
yo tengo facilidad para encontrar —o fabricar— magia en casi cualquier cosa. Y me esfuerzo conscientemente por no perder esa capacidad.

Porque el asombro es un músculo.
Y como casi todos los músculos, si no se usa, se atrofia. Pero si se ejercita, te lleva muy lejos, y te hace muy feliz.

Vestir la mañana de ritual, escribir deseos a mano, quemar papeles, plantar intenciones, leer con devoción, planificar con sentido… no son extravagancias. Son actos de resistencia suave en un mundo que nos quiere apresuradas, productivas y desconectadas de lo simbólico.

La magia no siempre es espectacular.
A veces es simplemente prestar atención.

Que este año —y este espacio— vayan de eso.

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