12/52 Decidir y confiar

Se me están pasando los días sin postear, y eso no me gusta mucho.

Realmente no es desidia, ni tampoco falta de ganas, es más bien un impedimento técnico.

Normalmente, mis musas tienen a bien visitarme por la mañana, bien temprano, cuando les llega el aroma del café. Atendiendo a su visita me propongo escribir, y ahí es cuando la tecnología se conjura en mi contra, y el teclado de pc, se niega a obedecer, poniéndome los nervios más allá del estado recomendable.

Parece que hoy se está portando.

He estado tejiendo bastante.

Por enésima vez he deshecho la manga de la FLS. Ahora mismo estoy haciendo una al tiempo que deshago la otra. Hasta ahora ningún tejido se me había atragantado tanto. En medio, he terminado los swapetines, me he hecho un gorro para mí (el primero), y un par de manoplas, que me encantó tejer. Seguro que repetiré.

Sigo leyendo vampiros.

He pasado el fin de semana pensando y hablando sin parar. Con visita a Ikea, y otros sitios de similar interés. Llegando la Primavera, sigo sin entender que la gente vaya a pasear a centros comerciales.

He saldado una cuenta pendiente, que no sabía que tenía.

He vuelto a mis clases de chino, y también he encontrado clases de danza del vientre, creo que me voy a dar de nuevo a mover el michelín.

Y esta semana, después de demasiados años, he escrito una carta, pero lo asombroso es que la he mandado.

 

El 23 de marzo de 2009 escribí esto en mi blog. En este mismo blog que está en un sitio diferente a donde estaba pero que sigue siendo lo mismo.

Yo hoy venía pensando en ciertas constantes de mi vida e hilando pensamientos, tuve la curiosidad de qué estaría yo pensando/haciendo ese año.

En 2009 yo estaba en Gran Canaria, y tengo el año grabado en mi memoria porque fue la temporada que más lluvia viví. Llegué a la isla el 3 de enero y estuvo lloviendo cada día, CADA DÍA, hasta finales de mayo. No te quiero contar las miles de vivencias que tuve con el coche en la obra, con aquel fanguerío constante que no se terminaba de secar, porque no paraba de llover.

Con bastante alegría y sorpresa descubro que las musas me llevan visitando bien temprano desde hace mucho tiempo. Una de mis grandes constantes.

Sigo preguntándome las mismas cosas: por qué se pasea en los centros comerciales. Me acuerdo de la cuenta que saldé, y también de las clases de chino. Del desastre de la clase de danza del vientre que no lograba seguir porque no escuchaba a la profesora, y por lo que me desapunté después de la clase de prueba. Dejé de bailar por aquel entonces, suerte que lo recuperé no hace tantos años. Recuerdo cómo disfruté de la saga Crepúsculo y cómo se quedó dentro de mi cabeza el sueño de hacer algo así: Crear un universo. 

Leyéndome he hecho una especie de balance de las decisiones que fui tomando en aquella época. Algunas han marcado profundamente el sitio y la forma en la que estoy hoy. Supongo que cuando las tomé no tenía ni idea de la trascendencia que iban a tener.

Creo que esto es una de las cosas a tener en cuenta: pensar que nada es tan importante y que casi todo se puede desdecidir, te garantiza cierta ligereza en el asunto. No hay nada peor para decidir que la presión de que te estás jugando los cuartos. Yo decido fácil y me resulta cómodo porque una vez que decido no miro lo que no escogí y porque tengo una confianza firme y férrea, inquebrantable, en que el resultado siempre va a ser el mejor, aunque tarde mucho tiempo en verlo.

No me había dado cuenta de esto hasta ahora que me he puesto a reflexionarlo. Mi mérito no está en haber tomado buenas decisiones, ni siquiera en haber decidido cualquiera sabe qué, el mérito es que he confiado. En mí, en la vida, en las circunstancias.

Durante un montón de tiempo sentí que no confiaba, que me costaba confiar, las cicatrices te hacen ser cauta y desconfiada. Por eso me compré aquella lámina de Lucía Be, y la planté en la pared de mi estudio desde que llegó, ni marco le puse. Sigue sin él.

Ahora lo entiendo. Ahora, que miro hacia atrás y los puntos se han unido. Yo confío. Y confío bien. Seguiré haciéndolo. Y para ti, que igual no las tienes todas contigo: confía, verás que sí. Verás que todo se pondrá bien.

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11/52 Sin prisa para florecer

1/52 El músculo de la magia

Si llevas tiempo leyéndome por aquí, por mis libros, y por el periódico, ya sabes que los anclajes son algo muy importante para mí.

Me di cuenta después de unas cuantas temporadas color hormiga que lo que me mantenían cuerda y semi estable eran mis anclajes. Darme cuenta de que, aunque haya momentos en que todo parece que te hunde, hay cosas que te sacan a flote.

Mis anclajes principales tienen que ver con la seguridad que sentí siempre en casa, y que me daban mis padres. Pasara lo que pasara, casa era casita, como cuando jugábamos al escondite y te librabas de contar y buscar: casita. A lo largo de los años, eso lo he conseguido activando mis anclajes.

Hay uno en concreto que es ver a mamá subir la escalera con un par de ramos de flores, que luego disponía en varios jarrones en la casa. En el mueble de la entrada siempre había un ramo de flores. En la mesa de la cocina, y también en la del salón.

Yo no sabía que esto iba a ayudarme a hacer hogar. Recuerdo cuando me devolvieron a GC por trabajo, y pasé allí cuatro meses metida en la obra, pasando la del pulpo. Cuando por fin pude subirme en el Binter y volver a casa, en mi pisito además de Troylo me estaba esperando un ramo de flores que mamá me puso allí para recibirme.

Las flores me acomodan, me reciben y me alegran.

Las flores impulsan mi florecimiento aunque no me di cuenta hasta hace bien poco.

Allá por el 2020 cuando veía a mucha gente por IG recibir su ramito de flores en casa, me moría de la envidia. No hay envidia buena señoras, lo mío era: yo también quiero.

Y esperé, y seguí esperando. En noviembre de 2023 me fui a Lanzarote con un montón de mentoras a planificar mi 2024. Allí dije que ya que nadie repartía flores por suscripción en Fuerteventura, lo haría yo. No por deseo de tener otro emprendimiento, sino porque yo quería flores en casa cada mes, y porque quería darle difusión a lo que esto supone y lo mucho que te alegra la vista, el día y la casa. En diciembre del mismo año, fui a un taller de corona de Navidad a Lanzarote nuevamente. Le conté a la profe mi idea, y obviamente ella no esperó a que yo se la presentara mucho más. En enero del 2024 ella lanzó su suscripción, y aunque hizo un intento por traérmelas aquí, la suscripción me duró dos meses porque no hubo forma de que un repartidor mantuviera las flores bien.

En enero 2025 me cansé de esperar a que otro me hiciera el mandado, lie a mi hermana la chica, y desde ese mes estamos repartiendo flores. Más de 300 ramos hemos repartido. Las dos solas.

Este fin de semana, repetimos en el Mercado Al Palique y volvimos a llenar el mercado de flores frescas y de primavera.

Mi amiga Sara me mandó esta foto cuando estaba acomodando los ramos que ya habíamos vendido y que dejamos en agua hasta que las compradoras volvieran de sus compras. El nivel de cansancio no supera el nivel de felicidad que experimenté este fin de semana.

Además, llevé también mi primer diseño de punto de cruz. Hecho kit listo para ponerte a bordar. Me quedó 1 sin vender de los 12 que llevé. Lo que ha sido un duro golpe para la impostora que pretende minarme el camino cada vez que se me ocurre ponerme a crear cualquiera de estas cosas.

He aprendido muchísimo de todo lo que cada ramo ha supuesto. Desde elegirlo a confeccionarlo, y sobre todo de la felicidad que me da verle la cara a quien lo compra para sí misma o para regalar.

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que han pasado seis años desde que tuve la necesidad de tener flores en casa cada mes, tres desde que pensé que podía hacerlo, y uno desde que lo estoy haciendo.

Este proyecto ha necesitado todo este tiempo para florecer, y eso me ayuda a verme y a dejar de exigirme. Me meto en una espiral de impaciencia y quiero las cosas para ayer, y no me doy cuenta de que yo misma soy como una semilla de estas flores que repartimos. Yo también necesito tiempo para florecerme. Esta primavera floreceré un poco más, no tengo dudas y, ahora, tampoco prisa.

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10/52 Hasta Dios descansó un día

1/52 El músculo de la magia

Son las 6:15. No es nada novedoso, desde hace años a esta hora estoy por estos lares. Sentada delante del ordenador.

Lo que es novedoso es que hoy me diera cuenta. Hace 180 días que lo hago de forma consistente. Y aunque antes me sentaba aquí y escribía, desde hace todos esos días hago otra cosa.

Desde hace 180 días, que son los días exactos que volví de Japón, mi rutina es milimétrica.

Me despierto a las 4:50. Y durante 10 minutos me voy desperezando y activando. A las 5:00, me caliento el té y me preparo el AG1. A las 5:05 me siento a meditar. Y a las 5:17 estoy sentada delante de mi mesa con mis lecturas y libretas preparadas. Y así de lunes a domingo.

A las 6:55 mi mañana milagrosa ha terminado y me dedico a activar el día. Ducha, desayuno, etc…

Los fines de semana son iguales, solo que a las 6:55 me vuelvo a la cama a leer nuevamente, la mayoría de las veces.

Esta rutina no es obligada, no es impuesta. Es por puro regocijo y disfrute. Es algo que llevo años sosteniendo y que cada vez me agarro más a ella porque me sienta divinamente y porque por la noche, cuando me estoy acostando (tempranísimo, por supuesto) ya me pongo contenta en pensar en este momento. Es mi recreo. Por eso no me cuesta, por eso me levanto de buen ánimo, y por eso no me la salto ni los fines de semana.

Este fin de semana, para después de desayunar tenía una lista enorme de cosas que quería hacer. Nadie me obligaba, era por gusto: plantar semillas, trastear con flores preservadas, hacer batchcooking y probar unas recetas nuevas… El sábado, después de mi mañana milagrosa y de leer un rato, de forma improvisada cerramos una quedada mañanera con mis compañeras de agujas. A las 10:00 estaban en mi casa con sus bolsos y muchas ganas de café. Estuvimos hablando hasta cerca de la 1 del mediodía. Y mi lista ya se fue un poco a la chingada, como dicen por el otro lado del charco.

La primera tentación fue de acomodar todo lo que quería hacer en el tiempo que me quedaba. Y ahí fue cuando al verlo todo apretujado me dije ¿qué necesidad?

Y sí ¿qué necesidad?

Las dos horas de charla con mis amigas me recompusieron por dentro, y me dieron alegría y energía para el resto del día y probablemente de la semana.

Y ahí es cuando me doy cuenta de que lo que más necesitaba este fin de semana era esta reunión y descansar. No hacer nada que no me apeteciera, y no llegar a nada que no fuera de vida o muerte.

Total que me he pasado el fin de semana tejiendo, leyendo y viendo Lioness. Otra vez Taylor. Sí.

Y ha sido un fin de semana de recarga de pila absoluta. No he sido consciente de lo descansada que estaba y de la falta que me hacía este descanso, hasta esta mañana, que al llegar a la mesa he pensado: ¿qué tengo que hacer hoy? ¿por dónde quedó el trabajo el jueves?

No me he acordado de nada relacionado con el trabajo desde el viernes por la mañana. Si no miro el cuadrante y la libreta, es que no tengo ni idea de qué estaba haciendo la semana pasada. Ese es el nivel de desconexión que he tenido el fin de semana.

Después de todo lo que he trabajado conmigo, de todo el desarrollo personal y de la terapia, el tema descanso sigue siendo espinoso y tiene muchísimas aristas. Me doy cuenta de que me cuesta entender que necesito descansar, y que aunque me guste mucho lo que hago y lo disfrute tantísimo, también tengo que darme aire.

Y todo esto estoy segura de que me pasa, porque tengo profundamente anclada la creencia de que descansar es no hacer nada, y quien hace nada es una vaga. Y así se resume toda la turra que nos dieron en EGB y todo lo que vino de antes de mí. Aquello de que mientras te comes el bocadillo puedes ir barriendo las cuadras.

Descansar para mí, es ponerme en predisposición de recargar la batería, de dejarme tranquila, y de dejar que mi cuerpo me pida qué necesita. En mi caso, descansar es estar en casa, arrebujada en mi sofá, con los libros y las agujas alrededor, y sin pensar en nada más que no tenga un rango de tiempo de la próxima hora.

Lo bueno es que me he escuchado, y lo menos bueno es que me lo tengo que imponer, porque de forma natural, se me olvida. Mi nueva frase ahora es: hasta Dios descansó un día, ¿para cuándo el tuyo?

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9/52 Una primavera para florecer

1/52 El músculo de la magia

Ya estamos a las puertas de la primavera. Seguro que todavía nos queda algo de invierno, pero en mi cabeza ya está en modo cuenta atrás para el 21 de marzo. Y con la llegada del equinoccio volver a hablar de mi libro: Manual de Primavera. Yo siempre quiero hablar de mis libros, como el Sr. Umbral. 

Este fin de semana, pensando en ello, y dando la bienvenida a este nuevo mes del año, me puse a pensar en semillas y en cómo hablamos todo el rato de las semillas que plantamos, literal y metafóricamente.

Hace unos años que me declaré jardinera, y  mi panel de visión está lleno de jardines y de flores. Me fascinan las flores y las plantas, y hacerlas y verlas crecer es algo a lo que quiero dedicarle más tiempo del que lo hago ahora.

No me canso de ver cómo poniendo un poco de atención y cuidado, una semilla germina. Cualquier semilla. Y es un experimento que hago con muchísima frecuencia, en realidad lo hago cada vez que siento que me falta un poco de fe o magia.

Tengo como costumbre coger cualquier semilla y plantarla cuando me siento así. En mi casa hay plantas, de muchos tipos. También hay jardineras en un balcón en el que tengo plantados bulbos, que han germinado más bien rápido, pero que tengo asumido que no me darán flores. No se los voy a tener en cuenta, porque plantarlos y verlos brotar ya ha sido un premio.

Te hablaba de las semillas que planto, casi siempre lo hago de manera expectante con los alimentos que como. Quiero decir que si me como una mandarina o una naranja, y tiene pipas, las guardo y en cualquier momento las pongo en una maceta. Lo hago con los dátiles, las naranjas, las manzanas, calabaza… Y por eso, es frecuente ver en mis macetas plantas de varios tipos. No todo germina, pero sí una gran cantidad de esas semillas. Este momento de germinar y brotar me devuelve la fe.

La semilla tiene en su interior toda la intención de brotar, no tiene otro trabajo. Solo he de procurarle nutrientes y humedad, de lo demás se encarga ella. Y este fin de semana me he puesto a pensar en que nosotras no nos diferenciamos mucho de eso.

Tenemos todo lo necesario para brotar, solo debemos estar en entornos adecuados. Durante años nos obsesionamos con “mejorarnos”: más formación, más disciplina, más productividad, más cursos, más listas. Como si el secreto estuviera en convertirnos en una semilla premium, versión 3.0. Y, sin embargo, muchas veces el problema no está en la semilla. Está en el suelo en el que estamos plantadas.

O en algo todavía más sutil.

Puedes estar en un entorno objetivamente adecuado —una buena casa, un trabajo digno, personas que te quieren, oportunidades alrededor— y aun así no florecer. Porque florecer no depende solo de lo que te rodea. Depende de si estás captando la energía disponible.

La luz puede estar entrando por la ventana, pero si tú mantienes las cortinas echadas, la planta no hace la fotosíntesis.

Las oportunidades casi siempre están ahí. No siempre son espectaculares ni llevan fuegos artificiales, pero están. En forma de conversación, de idea que vuelve una y otra vez, de invitación pequeña, de intuición persistente. El asunto es: ¿estamos despiertas para verlas?

Este fin de semana estuve en el mejor entorno, y yo, personalmente estoy plenamente convencida de que aproveché cada uno de los recursos que me brindó este entorno, sin embargo, no puedo dejar de ver la resistencia que tienen algunas “semillas” para dejar que el entorno las haga florecer. Es como si estuvieran plantadas en la mejor tierra pero aún estuvieran envueltas en un plástico que les impide aprovechar todos estos nutrientes. Y este plástico no es sino falta de presencia y probablemente también miedo. Miedo a ser las únicas responsables de lo que esas semillas vayan a dar. Es más fácil entregarle el poder a otro: la falta de humedad, la falta de riego, la falta de… whatever.

Florecer exige presencia. Exige ojos abiertos. Exige una cierta valentía para reconocer qué flores quieren salir de ti. Y aquí aparece la pregunta incómoda: ¿tienes claro qué quieres que florezca en tu vida?

Si no lo sabes, cualquier tierra te parecerá insuficiente. Cualquier estación será inadecuada. Cualquier resultado sabrá a poco.

Tener una buena base es fundamental: valores sólidos, hábitos que te sostengan, un mínimo orden emocional y material. Esa es la tierra fértil. Pero la decisión final es tuya.

Siempre lo es.

Decidir exponerte a la luz.
Decidir nutrirte.
Decidir dejar de compararte con el jardín de al lado.

Decidirte a exponer qué necesitas exactamente para germinar, y eso conlleva una gran dosis de valentía. Valentía para pedir.

A veces creemos que necesitamos un cambio radical de vida para florecer. Mudarnos, reinventarnos, empezar desde cero. Y no siempre es así. A veces basta con ajustar el ángulo hacia la luz. Con elegir mejor qué conversaciones escuchas. Con reducir el ruido. Con cuidar tu energía como el recurso más valioso que tienes.

La energía para florecer se decide.

Decides no quedarte dormida ante tu propia vida. Decides observar qué te nutre y qué te drena. Decides apostar por las flores que son tuyas, no por las que están de moda esta temporada. La semilla puede ser extraordinaria. El entorno puede ser razonablemente bueno. Pero el acto definitivo —ese pequeño gesto interior de abrirte a la luz— es responsabilidad tuya.

Y cuando lo haces, cuando de verdad lo haces, no hay primavera que se te resista.

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8/52 Addicted to fix

1/52 El músculo de la magia

Estoy viendo Mayor of Kingstown en esta obsesión un poco intensa que me ha entrado por devorar todo lo que lleva la firma de Taylor Sheridan. La serie tiene poco que ver con otras historias suyas, pero si afinas la mirada, ahí está el sello: hombres tensos, sistemas rotos, lealtades incómodas y una sensación constante de que el mundo es una maquinaria oxidada que alguien tiene que mantener en marcha.

Ya en la cuarta temporada, me he dado cuenta de algo. El protagonista, Mike McLusky, repite una frase como un mantra, cuatro o cinco veces por capítulo: I’m fixing it. I’m handling it. Yo lo arreglo. Yo me encargo.

Y cada vez que lo dice, en lugar de sentir alivio, siento compasión.

Porque tener que arreglarlo todo, todo el tiempo, es agotador.

No he podido evitar hacer un pequeño viaje en el tiempo y reconocer una versión antigua de mí en esa frase. Salvando las distancias —ni esto es Kingstown ni yo soy Mayor de nada— hay algo que sí compartíamos: la sensación de que mi valor dependía de cuántas cosas podía solucionar.

Había una época en la que yo también decía, sin decirlo en voz alta: yo me encargo. Si había un conflicto, lo mediaba. Si había un problema práctico, lo resolvía. Si alguien estaba incómodo, intentaba suavizarlo. Si algo no funcionaba, buscaba la manera de hacerlo funcionar.

Y al principio, esa capacidad es celebrada. Te conviertes en “la resolutiva”, “la que puede con todo”, “la que siempre encuentra la manera”. Es un lugar seductor. Porque te da identidad. Te da reconocimiento. Te da una sensación de control en medio del caos.

Pero como casi todas las adicciones, empieza siendo útil y termina siendo una trampa.

Sin darte cuenta, subes la escala de dificultad. Ya no arreglas pequeñas cosas. Empiezas a intentar solucionar problemas estructurales. Dinámicas imposibles. Expectativas irreales. Heridas que no te pertenecen. Sistemas que están mal diseñados desde el origen.

Y cuando —inevitablemente— no puedes arreglar lo que es imposible de arreglar, el juicio cae sobre ti. Si no lo soluciono, es que no soy suficientemente capaz. Si no encuentro la salida, es que no valgo tanto como pensaba. Si esto sigue roto, es culpa mía.

Es un pasito muy pequeño entre “yo lo arreglo todo” y “si no lo arreglo, no merezco nada”.

Lo más perverso es que no solo tú te colocas en esa posición. Llega un momento en que los demás también esperan que lo hagas. La bola de responsabilidad crece en silencio, de manera exponencial. Y tú, que llevas años entrenando ese músculo, sigues cargando.

Hasta que te aplasta.

Porque es imposible sostener esa manera de moverse por el mundo. Imposible y profundamente injusta contigo misma.

Recuerdo el momento en que empecé a entenderlo. No fue una epifanía luminosa. Fue más bien un cansancio hondo. Una sensación de estar siempre de guardia. Siempre pendiente. Siempre con el radar activado para detectar qué debía arreglar ahora.

Ahí empezó el aprendizaje más importante: aceptar que mi valor no depende de lo que soluciono. Y que, además, solucionar no es mi cometido vital.

No vine a este mundo a reparar cada grieta.

Vine a vivir.

Pararme y volver a lo pequeño fue mi manera de desintoxicarme. Hacer un potaje de lentejas. Problema resuelto: hoy comemos. Hasta ahí llego, y eso es suficiente. Conseguir personal para un cliente cuando está dentro de mi zona de acción: lo intento. Cuando está fuera de mi alcance real, lo suelto. No todo tiene que pasar por mi cabeza ni por mis manos.

Descubrí que muchas veces confundía responsabilidad con omnipotencia. Y que había algo casi soberbio en pensar que todo dependía de mí. El mundo no se sostiene sobre mis hombros. Ni sobre los tuyos.

Hay una diferencia enorme entre ser responsable y ser indispensable.

La primera es sana. La segunda es una fantasía peligrosa.

Ha pasado tiempo hasta que he podido decirlo con serenidad: yo no vengo a solucionar nada. No vengo a arreglar rotos ajenos como misión existencial. No vengo a sostener sistemas que no funcionan.

Vengo a vivir la vida que tengo.

A disfrutarla.

A cuidar lo que sí está en mi radio de acción: mi casa, mi trabajo, mis afectos, mi cuerpo, mi descanso. Y a aceptar, con humildad, que hay cosas que no me corresponden.

Mike McLusky seguirá diciendo I’m fixing it en cada capítulo. Es su papel en la ficción.

El mío, en cambio, ahora es otro.

No soy Mayor de nada.

Y qué descanso tan enorme.

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7/52 Gratificación inmediata

1/52 El músculo de la magia

Me gustan los procesos largos y minuciosos.

Creo que por esto el patchwork me entusiasmó desde el primer día, y creo que justo por esto todavía tengo la necesidad de volver a las telas. Siento una llamada profunda y sonora cada vez que abro el armario donde descansan mis múltiples proyectos a medias.

Cuando abro ese armario y paseo la vista por las bolsas donde guardo cada uno de mis proyectos, siento cosquilleo y emoción, no puedo evitarlo. Aunque haya proyectos a medias ahí, desde hace 20 años. No exagero ni una mijita.

Me gusta lo que un proceso así lleva aparejado. El pico pala y la determinación. Primero el diseño, luego la combinación de colores, luego la elección de las telas y se acabaron las decisiones. Desde que se eligen las telas todo lo que entra en juego es la acción: organizar, cortar, coser, unir, acolchar, y taparte con lo que quiera que hayas cosido. Deleitarte con el resultado es la acción final.

Esto no solo me pasa con el patchwork. Es igual para el punto de cruz o para lo que tejo a dos agujas. No puedo evitarlo, cuanto más largo y complejo pueda resultar el trabajo, más enganchada a ellos me quedo.

Pero, siempre hay un pero, hay días en los que no quiero empezar una novela rusa.
Ni un jersey de ochocientas vueltas.
Dentro de todos estos procesos largos, hay días en los que solo quiero terminar algo.

Necesito empezar y terminar algo para poder seguir motivada. Empezar y terminar algo como una pequeña victoria diaria.

Desde hace un montón de años, el lunes previo al martes de Carnaval, elegía un proyecto sencillo. Algo a lo que pudiera dedicarme gran parte de ese lunes y todo el martes, y que esas horas de dedicación fueran suficientes para dejarlo prácticamente acabado.

A eso le llaman “gratificación inmediata”. Y parece que siempre se menciona en tono acusador, como si fuera el villano de la productividad profunda. Como si desear resultados rápidos fuera una falta de carácter.

Pero yo no lo veo así.

La gratificación inmediata no siempre es frivolidad. A veces es gasolina.

Cuando empiezo un pequeño bordado en punto de cruz que sé que podré terminar en una tarde —una inicial, una florecita, una cenefa sencilla— mi cerebro se relaja. Sabe que el esfuerzo tiene un final cercano. Que habrá recompensa hoy, no en noviembre.

Y eso cambia completamente la energía.

No es lo mismo iniciar una manta enorme que me acompañará durante meses (con sus momentos de entusiasmo y sus fases de “¿quién me mandaría a mí?”), que montar unas pocas hebras para un diseño que en unas horas estará listo, planchado y quizá ya enmarcado.

Terminar algo en el día produce una satisfacción limpia. Redonda. Cerrada.

Hay un placer casi físico en rematar la última cruz, cortar el hilo, guardar la labor y decir: esto está hecho.

En un mundo donde casi todo está “en proceso”, “en construcción”, “en revisión”, “pendiente de respuesta”… terminar algo tiene algo de acto revolucionario.

Creo que por eso me gustan los proyectos pequeños. No porque no tenga paciencia —que algo he aprendido con los años— sino porque he entendido que la constancia también se alimenta de pequeñas metas cumplidas.

La mente humana funciona así: necesita evidencias de avance. Pequeñas señales de que el esfuerzo sirve para algo. Cuando todo lo que hacemos tiene resultados a largo plazo, corremos el riesgo de sentir que caminamos sin paisaje.

En cambio, cuando combino proyectos grandes con labores pequeñas y terminables, algo se equilibra dentro de mí. Como si entrara aire fresco en todo ese camino que recorro mientras escribo el Manual de Invierno, o mientras sigo dando puntadas a chales de más de 500 puntos.

También hay algo profundamente simbólico en elegir tareas que pueden cerrarse en el día. Es una manera de recordarme que no todo tiene que ser épico. Que no todo requiere una estrategia a cinco años. Que a veces basta con un gesto pequeño y bien hecho.

La gratificación inmediata se vuelve problemática cuando sustituye al compromiso. Pero cuando acompaña lo acompaña, cuando lo sostiene y lo oxigena, se convierte en aliada.

Yo ya no me juzgo por preferir un bordado breve algunos días. He dejado de pensar que debería estar siempre embarcada en proyectos gigantes para sentir que avanzo.

A veces avanzar es terminar.

Y terminar es una forma muy concreta de cuidar la motivación.

Porque la motivación no es una fuente inagotable. Es más bien una planta delicada. Si solo le pedimos que aguante sequías largas, termina por marchitarse. Pero si le damos pequeñas lluvias de satisfacción, florece.

Como ha florecido esta tierra que está irreconocible y preciosa, y que yo he aprovechado para salir a disfrutar con mi jersey nuevo. Uno de diseño propio que esta tarde volveré a empezar en otra fibra distinta para confirmar que el patrón está correcto. Esa va a ser mi gratificación inmediata de este martes de Carnaval. Una lana DK y un par de agujas de 5mm.

Así que sí: seguiré empezando cosas que se puedan acabar en un día. Seguiré buscando esos proyectos que me regalan un final cercano. Seguiré celebrando la última cruz como si fuera una meta importante.

Porque lo es.

En la vida lenta también caben los pequeños finales felices.

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6/52 Una se cree…

1/52 El músculo de la magia

… que las mató el tiempo y la ausencia…

Serrat contaba estas verdades que no llegan de golpe, de manera magistral.

No irrumpen como una revelación luminosa ni como una escena dramática que lo explica todo. Llegan despacio. Se instalan.

… como un ladrón, te acechan detrás de la puerta.

En esos días en los que el tiempo parece aflojar el paso y una se queda un poco más a solas consigo misma. En silencios largos. En ausencias que no hacen ruido, pero que pellizcan por dentro con una precisión quirúrgica. No duele de manera escandalosa, pero duele hondo.

… te tienen tan a su merced, como hojas muertas.

Aceptar que algunas personas a las que llamaste amigas no lo eran realmente es uno de esos duelos pequeños y persistentes que no siempre sabemos nombrar. No sucede de golpe, ni por un gran conflicto, ni por una traición evidente. Ojalá fuera tan sencillo. Suele ocurrir de una forma mucho más sutil: porque no están. No cuando celebran, no cuando atraviesan momentos difíciles, y tampoco —o quizá sobre todo— cuando tú compartes algo importante de tu vida.

Les cuentas una buena noticia. Algo que llevaba tiempo en tu lista. Algo que te ha costado esfuerzo, constancia, renuncias. Algo que para ti es un hito. Y lo notas enseguida: el entusiasmo no vuelve. Rebota. Se enfría. Se queda raro, desdibujado, casi incómodo. No hay preguntas, no hay curiosidad genuina, no hay alegría compartida. Hay una respuesta correcta, educada, pero vacía. Y el cuerpo lo entiende antes que la cabeza.

Y cuando te crees que el tiempo ha hecho su trabajo y tu empiezas a aceptar y meter en tu nueva rutina esta ausencia, un domingo por la tarde al abrir una caja de hilos y telas, aparece el recuerdo, y con ella la mordida que deja la ausencia.

… que el viento arrastra allá o aquí, que te sonríen tristes…

Mi amiga Dácil siempre dice una frase que, cuanto más pasa el tiempo, más sentido cobra: hay personas que te quieren bien, pero no te quieren mejor que ellas.
Y ahí está la grieta. Ahí empieza a crujir algo.

No siempre hablamos de envidia declarada. No es ese sentimiento caricaturesco, verde y explícito, que una detecta sin dudas. Muchas veces es algo más difuso: comparación constante, inseguridad, miedo a quedarse atrás, incapacidad para alegrarse sin medirse. Personas que te aprecian dentro de un cierto equilibrio tácito, pero que se descolocan cuando ese equilibrio se rompe.

Cuando tú avanzas.

Cuando tú floreces.

Cuando tú ocupas un lugar nuevo.

Y entonces ocurre algo profundamente doloroso: empiezas a sentirte sola incluso acompañada. Porque la amistad verdadera no se mide solo en cafés, mensajes o risas compartidas, sino en la capacidad de sostener al otro en todas sus versiones. También en la versión que crece. Que logra. Que brilla un poco más.

Aceptar esto no te convierte en alguien amarga ni desconfiada. Te convierte en alguien consciente. Y la conciencia, aunque al principio incomode, termina siendo un acto de amor propio.

He hablado de esto muchas veces. Lo he pensado, escrito, rumiado. Lo tengo entendido desde un lugar bastante sereno. Y aun así, hay domingos en los que la ausencia vuelve a tocarme el hombro. Suave, pero persistente. Como diciendo: “esto también forma parte del camino”.

Porque soltar no siempre significa que deje de doler. Significa que eliges no forzarte a permanecer donde ya no hay reciprocidad. Significa aceptar que algunas personas estuvieron para una etapa concreta, y que eso no invalida lo vivido, pero tampoco obliga a alargarlo artificialmente.

La autenticidad en las amistades se reconoce en los detalles pequeños: en quién te nombra cuando no estás, en quién celebra sin compararse, en quién se queda sin pedir explicaciones. Y también en quién desaparece cuando ya no encajas en su relato.

Elegirte, a veces, implica perder. Perder vínculos, expectativas, versiones antiguas de ti misma. Pero también implica ganar espacio. Silencio. Verdad.

Y aunque haya domingos en los que la ausencia siga pellizcando por dentro, cada vez tengo más claro que ese pellizco es, en realidad, una brújula. Una que señala hacia los lugares —y las personas— donde sí hay alegría genuina, cuidado mutuo y una amistad que no teme verte mejor.

Aunque a veces llegue, inevitablemente, en domingo.

… nos hacen que lloremos, cuando nadie nos ve.

 

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5/52 A falta de tres cruces

1/52 El músculo de la magia

Desde 2018 —o quizá incluso desde antes, porque el tiempo en los cajones es un concepto difuso— tenía un patrón de punto de cruz a medias. A medias es una forma generosa de decirlo, porque en realidad estaba casi terminado. Tan casi que, cuando lo retomé este fin de semana, descubrí que le faltaban poco más de tres cruces. Tres. No tres filas, no tres tardes, no tres decisiones vitales. Tres cruces.

Me hizo reír. Y también pensar.

Empiezo casi todos los proyectos de manualidades igual: con entusiasmo desbordado, ilusión nueva, la sensación de estar inaugurando algo. El principio es territorio fértil: todo promete, nada pesa. Los colores están limpios, la tela tensa, el patrón intacto. Pero luego llega la mitad. Ese lugar ingrato donde ya no hay novedad y todavía no hay cierre. Y ahí es donde muchas veces me desinflo.

No es falta de amor por la labor. Es otra cosa.

En la mitad aparece el aburrimiento, sí, pero también algo más incómodo: la exigencia de sostener. Sostener el gesto repetido, la lentitud, la ausencia de estímulo. Ya no hay descubrimiento, hay constancia. Y la constancia no tiene buena prensa en una cabeza acostumbrada a empezar cosas, no siempre a terminarlas.

Creo que nos aburrimos a mitad de los trabajos porque la mitad nos enfrenta a una verdad poco glamurosa: terminar no depende de la inspiración, sino del compromiso. Y el compromiso, cuando no hay urgencia externa ni aplauso inmediato, se vuelve un acto íntimo y silencioso. Nadie te ve seguir bordando cuando ya no es emocionante. Nadie te premia por no abandonar. Es un diálogo interno bastante desnudo.

Durante años he tenido cajones con más de un proyecto a medias. UFOs, que les llaman en el mundo de las manualidades: unfinished objects. Objetos inacabados, pero también decisiones aplazadas, energías suspendidas, pequeñas historias que no llegaron a su punto final. No me flagelo por ello. Cada uno fue empezado desde un lugar auténtico. Pero este año me he propuesto algo distinto: ir sacándolos poco a poco. Sin estrés. Sin convertirlo en una lista de tareas culpabilizadora. Pero con absoluta determinación y compromiso.

Determinación suave, si eso existe. La que no grita, pero no se escaquea.

Eso mismo me pasaba con este patrón. Lo cogí muchas veces, lo volví a dejar otras tantas. Siempre con la sensación de “algún día”. Hasta que este fin de semana, quizá empujada por esa energía de cierre tan propia de la luna llena, lo retomé. Y entonces vino la sorpresa: tres cruces. Solo tres. Las hice casi con ternura, como quien pide perdón por haber tardado tanto.

Hoy ya tengo en la agenda buscarle un marco propicio. Porque terminar algo también implica darle lugar. No vale acabar y volver a esconder. Hay que colgarlo, mirarlo, reconocer el cierre.

Y con esa misma energía —esa sensación de caja que se cierra bien— cogí también el patrón del cuervo que aparece en el Manual de Verano. Y algo curioso pasó: avanzó rápido, con una fluidez distinta. Ya tiene forma de caja, de objeto casi terminado. Como si la energía de Sonia me hubiera invadido por completo. He replicado exactamente la escena del libro, y mientras bordaba sentía que no solo estaba haciendo punto de cruz, sino habitando una escena conocida, acompañada.

Tal vez de eso va todo esto. De aprender a atravesar la mitad. De no huir cuando el proyecto deja de seducir y empieza a pedir presencia. De entender que el aburrimiento no siempre es una señal de que algo no nos interesa, sino de que hemos llegado al punto donde toca sostener.

A falta de tres cruces, a veces, está todo lo importante.

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4/52 La vida sin fade out

1/52 El músculo de la magia

La semana pasada hice algo muy poco literario: actualicé el sistema operativo del teléfono y del ordenador. Nada especial. De esas cosas que se hacen casi sin pensar.

Después de revisar lo nuevo, porque siempre parece que hay mucho nuevo, pero los años me han enseñado que aunque las actualizaciones vienen con un montón de casillas de “acepto” al final los mayores cambios son por dentro, y una como usuaria rasa, nota pocas diferencias.

Los principales cambios esta vez venían de un salvapantallas nuevo, y una sensación de que todo estaba transparente. No es que me encanten los cambios, pero una tiene que subirse al carro y no quedarse atrás, porque si no, cuando te vienes a dar cuenta, sigues funcionando con internet explorer, a la velocidad que va esta vaina.

Un par de días después, mientras trabajaba, puse música. Y algo no encajaba. De repente empecé a creer que me estaba absorbiendo por completo el trabajo, y que estaba tan concentrada que no estaba percibiendo la música como era. Hasta que me di cuenta de que no era yo. En otro momento voy a tener que abordar la cuestión de sentirme siempre responsable de lo que pasa.

Las canciones empezaban una tras otra sin transición, sin fade out, sin ese pequeño silencio entre una y otra que —de mis años transitando estudios de música y grabaciones de temas— sé que es fundamental en las listas de canciones.

No había cierre. No había descanso. No había espacio.

La música se convertía en una continuidad de sonidos y letras que no me daba tiempo a integrar. Cuando una canción todavía estaba resonando, ya había empezado la siguiente. Y me incomodó. Mucho. Me puse a trastear en el programa reproductor de música y ahí lo encontré: transición continua. Así le llamaba el reproductor a una nueva modalidad de escuchar música, una que desde luego a mí me horroriza. Quité el check de todos mis dispositivos y me di al reposo.

Entendí algo que no tenía nada que ver con la tecnología. Y al mismo tiempo por qué me es tan familiar el invierno que es el campo propicio para este tiempo de silencio entre una estación y otra. Silencio y reposo. Cuidado y transición.

En la vida necesito fade out.  Necesito saber que las cosas empiezan y que las cosas terminan. Aunque sea de forma suave, casi imperceptible. Necesito finales reconocibles para poder decir: esto fue así.

Y necesito silencio entre medias.  Silencio para asentar lo vivido. Para valorar lo que acaba de pasar. Para no ir siempre empujada hacia lo siguiente.

Cuando todo es una continuación de cosas, cuando no hay pausas ni cierres, siento que me salgo de la película. Estoy, pero no del todo. Hago, pero no habito. El tiempo pasa y yo voy con él, pero sin estar realmente presente.

Vivimos en una época sin silencios intermedios. Saltamos de una tarea a otra, de una emoción a otra, de una etapa a otra, sin permitir que nada termine del todo. Mucho ruido. Mucha actividad. Poco espacio para integrar.

Y luego nos preguntamos por qué estamos cansadas. Por qué sentimos que el tiempo se nos escapa. Por qué tenemos la sensación de haber vivido mucho… pero haber estado poco.

Quizá no necesitamos hacer más. Quizá necesitamos terminar mejor.

Cerrar capítulos con cuidado. Bajar el volumen. Dejar espacios en blanco entre una cosa y la siguiente.

Porque es en ese silencio —igual que entre canción y canción— donde lo vivido se ordena. Donde el tiempo deja de ser una corriente que arrastra y vuelve a ser algo que podemos habitar.

Desde entonces, cuando noto que todo va demasiado seguido, demasiado lleno, demasiado rápido, me pregunto si no será que me falta justo eso: un pequeño fade out. Un silencio breve. Un final consciente antes del siguiente comienzo.

Casi siempre, la respuesta es sí.

 

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3/52 Aprender a conmoverse

1/52 El músculo de la magia

Cuando la vida empiece a escocer —porque lo hará, no nos engañemos—, que el cuerpo sepa dónde ir a buscar consuelo. Que la mirada recuerde un lugar. Que el pecho se abra un poco solo con pensar en él.

El otro día, al salir de casa, pasamos por la costa. Es casi inevitable viviendo donde vivimos, en una isla: el mar se cruza en tu camino lo esperes o no, recordándote que está ahí, que no se ha ido a ninguna parte, que sigue haciendo su trabajo aunque tú andes ocupada con los tuyos.

Al pasar por el muelle —un lugar raíz para mí en la infancia y ahora centro de trabajo en la edad madura— pensé, no sin una sonrisa silenciosa, que ese mismo escenario se está volviendo cotidiano para mi heredera. Lo que para mí fue memoria y luego oficio, para ella empieza a ser paisaje emocional. Y eso, con el tiempo, importa más de lo que creemos.

El día previo a la tormenta Francis —tengo que empezar a nombrar a los temporales, porque llevamos una rachita de lluvia diaria… también podría decirle invierno y ya— ya se notaba el inicio del temporal. La marea estaba llena, tensa, cumpliendo su cometido con una fuerza que daba la sensación de querer salirse de la contención de los diques y espigones. Como si el puerto y sus muros de hormigón ya no pudieran contenerla. El mar estaba en ese punto en el que no ruge del todo, pero avisa. En el que todavía no da miedo, pero impone respeto.

Yo miraba de reojo, intentando no despistarme del tráfico, cuando mi hija dijo, con una naturalidad desarmante:

—Cómo me gusta el mar. No puedo vivir sin mar.

Y ahí, en ese preciso instante, en mi cabeza sonó música de triunfo. Una fanfarria íntima y discreta, pero gloriosa. Y una medalla invisible e imaginaria me cayó del cielo y se me posó en el pecho.

No era orgullo en el sentido ruidoso de la palabra. Era algo más hondo. La certeza de haberle transmitido —sin discursos, sin lecciones formales, sin subrayados— un poder esencial: el de aprender a conmoverse y consolarse con la naturaleza.

Lo nombra con una precisión preciosa el libro Encantamiento de Katherine May: aprender a acudir a la naturaleza no como escenario, sino como refugio. No como postal, sino como abrazo.

Saber que puede ir al mar cuando la cabeza se le llene de ruido. Que puede caminar por la tierra seca y volcánica de la isla que habitamos cuando necesite recordar quién es. Que puede buscar campo o montaña —si algún día está lejos de aquí— para apoyarse, para respirar mejor, para dejar que algo más grande que ella le ordene por dentro lo que se le haya descolocado.

Eso es un legado. Y no uno cualquiera.

Vivimos en un mundo que enseña a anestesiar el malestar, a taparlo rápido, a seguir produciendo aunque algo por dentro esté pidiendo auxilio. Por eso me parece casi revolucionario que una persona joven sepa decir “no puedo vivir sin mar”. No como dependencia, sino como reconocimiento. Como quien sabe dónde está su fuente.

Consolarse con la naturaleza no significa huir de los problemas. Significa recordar que no somos el centro de todo. Que hay ritmos más antiguos que los nuestros. Que las mareas suben y bajan. Que el viento limpia. Que la tierra sostiene. Que incluso lo áspero tiene su belleza y su función.

Si algún día la vida empieza a escocerle —porque escocerá—, sabrá que puede ponerse frente al mar y no pedirle nada. Solo estar. Dejar que el cuerpo se calme. Dejar que el pensamiento afloje. Dejar que la emoción encuentre un cauce que no haga daño.

Ese día, aunque yo no esté cerca, estaré tranquila.

Porque habrá aprendido algo fundamental: que el consuelo no siempre viene en forma de palabras. A veces llega salado, ventoso y silencioso. Y sabe exactamente lo que tiene que hacer.

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